En la siguiente columna de opinión, Federico Dalmaud, productor audiovisual, ex-director de TV Ciudad y ex-presidente de TAL, analiza la creciente movilidad de las producciones audiovisuales en Iberoamérica y sostiene que la llamada «fuga de rodajes» no debe interpretarse como una pérdida nacional, sino como una oportunidad para repensar la integración regional y la competitividad de la industria frente a los desafíos globales.

La fuga de rodajes no es una tragedia cultural, sino el síntoma de una miopía estratégica. Cada cierto tiempo, la industria iberoamericana recicla sus ansiedades bajo titulares idénticos y renueva su indignación cuando una producción chilena levanta campamento en Colombia, un reality encuentra oxígeno fiscal en Perú o un proyecto argentino desplaza sus equipos hacia Uruguay.

Emerge en ese instante la vieja alarma del despojo, que no es más que una sensación amarga de que alguien se está llevando un capital que por derecho de origen debió haberse quedado en casa.

El desasosiego resulta lógico, ya que ningún ecosistema productivo asiste con indiferencia al éxodo de sus técnicos y proveedores, pero conviene ajustar el diagnóstico antes de que el orgullo herido derive en políticas erráticas.

El problema de fondo escapa a la anécdota de un país arrebatándole rodajes al vecino. Lo que ocurre en realidad es que la producción audiovisual ha dejado de comportarse como una industria estrictamente nacional para fluir como un mercado regional integrado, una transición que América Latina sigue procesando con herramientas viejas.

Quien decide el destino final de un proyecto no pondera únicamente el encanto de un paisaje o el espesor de una tradición cultural, sino que opera bajo la estricta mitigación del riesgo.

Se fija en los calendarios inamovibles, en la certidumbre jurídica, las devoluciones fiscales eficientes y espera tener un flujo de caja que no soporte sorpresas burocráticas a mitad de camino. Mientras el talento nativo es lo que abre la puerta, es la robustez del sistema lo que finalmente cierra el contrato.

Por eso detenerse a dirimir si el modelo uruguayo resulta más confiable que el argentino, o si Colombia superó a Chile, es nadar en la superficie del debate. Aquí tenemos que debatir para entender por qué no hemos sido capaces de articular un entramado común para capturar el valor de nuestra propia geografía.

Nuestros Estados administraron la cultura desde el repliegue identitario, una mirada que cumplió la innegable función histórica de cimentar cinematografías y relatos compartidos mediante fondos públicos.

La economía contemporánea, sin embargo, opera bajo una gramática donde las plataformas y los fondos de inversión auditan territorios con la misma frialdad con la que comparan infraestructuras tecnológicas.

Esta carrera silenciosa encierra una paradoja dolorosa, puesto que el verdadero adversario de la industria chilena no es Colombia ni la amenaza para Perú reside en México. El reto real es el posicionamiento de Iberoamérica entera frente a las infraestructuras de Europa del Este, Norteamérica o cualquier plaza capaz de ofrecer escala y velocidad administrativa.

Contamos con el idioma, una plasticidad cultural comprobada y equipos técnicos de excelencia, pero mientras operemos como ventanillas aisladas compitiendo por porciones menores, seguiremos ofreciendo un catálogo fragmentado a un capital global que exige volumen.

La asimetría interna no tiene por qué ser un defecto si asumimos que algunos territorios aportarán su músculo financiero, otros la vanguardia de sus estudios y otros la conveniencia logística de sus costos. Una cooperación inteligente evitaría aplanar estas diferencias para, en cambio, dedicarse a engranarlas.

Podríamos estructurar proyectos a través de las fronteras mediante reglas compatibles, con estándares laborales homologables y un reconocimiento mutuo de procesos, entendiendo esto no como una utopía diplomática sino como una estrategia operativa concreta.

Semejante giro nos permitiría abandonar el conteo de derrotas nacionales para diseñar verdaderas cadenas regionales de valor, integrando al país fronterizo como un nodo indispensable en una negociación global.

Lograr este ecosistema requiere gobernanza, un insumo mucho más escaso que la creatividad. Necesita asumir que la industria audiovisual es hoy una herramienta de diplomacia económica y reputación soberana donde cada rodaje que aterriza y se ejecuta sin sobresaltos deja una prueba empírica de funcionamiento. En un mundo inestable, funcionar es una ventaja competitiva vital.

El futuro no subsidiará la nostalgia ni premiará a quien lamente la fuga de sus producciones, sino que beneficiará a quien entienda que el dinero carece de lealtades patrióticas pero goza de una memoria implacable.

Visto desde el puente de mando de una producción, la confianza no es un intangible romántico sino puro hormigón estructural. Quienes logren interpretar el mensaje detrás de cada frontera cruzada no estarán simplemente ganando un rodaje, sino que habrán comenzado a dictar las nuevas reglas del juego.

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